La venganza de Dita Von Teese

Title: La venganza de Dita Von Tees

Author: Imajica

Celebs: Dita Von Teese

Codes: mF, pedo, first, cons, oral, anal, tit fuck

Disclaimer: This is a work of fiction. It DIDN’T happen. Fiction is legal.

 

La reina del burlesque, Dita Von Teese, se encontraba sentada en un sofá de su apartamento con una tenue expresión de infelicidad velando su rostro. Hundida en sus reflexiones, apenas había tocado la copa de absenta que sostenía en su mano.

 

Ella sabía exactamente cuál era el motivo de su disgusto: se había mudado a ese complejo de apartamentos esperando un poco de paz y privacidad. La privacidad había sido sencilla de conseguir: desde que vivía allí, los paparazzi casi parecían cosa de un pasado muy remoto. Casi. Pero la paz era un tema totalmente diferente. Y la razón por la que no podía conseguir paz tenía nombre: Chelsea. Esta era una vecina de unas pocas puertas de distancia: una fanática religiosa de la peor calaña, que desaprobaba de la forma más intensa el que una de sus vecinas fuese una mujer famosa por sus fotos de desnudos y lencería fina, por quitarse la ropa mientras bailaba por las noches y por haber estado casada con Marilyn Manson. Nunca habían tenido una disputa cara a cara, pero, siempre que se cruzaban por los pasillos, Chelsea murmuraba por lo bajo cosas muy poco halagüeñas; se la pasaba incordiando a cualquiera que tuviese oídos para oírla con todo lo que pensaba de tener a una vulgar mujerzuela como vecina; e intentaba convencer al resto de vecinos y a la administración del complejo que echaran a Dita.

 

Dita pensaba en esta y en otras muchas cosas, intentando decidirse por una forma de hacerle frente a este problema, cuando una elegante sonrisa empezó a formarse en su rostro. Había llegado a una solución: iba a vengarse de Chelsea.

 

Y el instrumento de su venganza también tenía nombre: Christian. Este era el hijo de Chelsea (Chelsea era madre soltera; lo cual no deja de ser irónico, considerando lo que la mayoría de los fanáticos religiosos piensan de las madres solteras). Era una cosita preciosa de tan sólo 11 años (de tez blanquísima, cabello rubio pálido y grandes y hermosos ojos de color verde intenso; con los rasgos y toda la femenina delicadeza de una princesita de porcelana), la clase de hijo del que cualquier madre estaría orgullosa (uno de modales, calificaciones y conducta perfecta, que siempre pedía las cosas con “por favor” y daba las gracias cuando se las daban). Parecía que el pasatiempo favorito de Chelsea, incluso más que hablar mal de Dita, era presumir de lo hermoso y perfecto que era su hijo.

 

Dita se puso de pie y empezó a pasear, a grandes y alegres zancadas, por la sala de su apartamento mientras mentalmente pulía los detalles de su gran plan. Mientras hacía esto, agradecía una y otra vez el que, según su doctor, a pesar de sus años, siguiese siendo fértil.

 

*******

 

Christian se encontraba solo en el apartamento donde vivía con su madre, viendo en la televisión uno de los pocos programas que su mamá aprobaba para él. Era como todos los domingos: después de ir a misa, su mamá lo dejaba solo en casa con instrucciones de no salir y no abrir la puerta a extraños, mientras ella salía y se ausentaba hasta que casi era hora de la cena, (ella le dejaba el almuerzo en el refrigerador, que él calentaba en el microondas) cumpliendo con compromisos de su iglesia.

 

Y, como todos los domingos, intentaba no morir de aburrimiento (el show en la TV era bastante aburrido), cuando oyó el timbre de la puerta.

 

Él se puso de pie y fue a ver por la mirilla quien era. Era una de sus vecinas (una de nombre muy extraño, ¿cómo era? ¿Dina?). Su madre le dijo que nunca debía hablar con ella y mantenerse lo más alejado posible de ella. Él no sabía porque: cuando le preguntó a mamá la razón, Chelsea se enojó bastante y él no volvió a preguntar.

 

Christian entreabrió un poquito la puerta de su apartamento y preguntó con toda la buena educación del mundo:

—¿Puedo servirle en algo, señorita?

 

Ella sonrió de una forma que a Christian le pareció muy extraña y respondió:

—Tienes que dejarme pasar. Necesito que me ayudes con algo.

 

Christian preguntó con desconfianza:

—Por favor, ¿podría decirme con que la tengo que ayudar?

 

Ella, sin dejar de sonreír, respondió:

—Tendrás que dejarme pasar primero: es algo muy complicado de explicar.

 

Él, disculpándose, respondió:

—Lo siento, señorita, pero mi mamá me dijo que no puedo dejar entrar a ex…

 

En ese momento, Dita lo interrumpió: poniendo su mejor cara de tragedia y repitiendo, una y otra vez, “por favor, por favor, por favor, por favor, por favor, es muy importante”, montó su mejor número de damisela en apuros.

 

Él, un poco confundido, pensó: “supongo que ella, en realidad, no es tan extraña: es una de las vecinas. Además, se supone que debemos ayudar a los demás”. Y la dejó entrar.

 

Una vez dentro, él le pregunto, con su sonrisa más amable:

—Por favor, dígame en que puedo ayudarla.

 

Pero Dita, extrañamente, se limitó a guardar silencio por varios minutos, mientras sonreía y lo recorría de arriba abajo con la mirada hasta hacerlo sentirse incómodo. A ella le gustó lo que veía: con ese conjunto de colores oscuros de camisa de mangas largas y pantalón y ese tenue rubor que empezaba a cubrir su rostro, Christian se veía muy guapo. Él también se fijó en cómo estaba vestida Dita. Vestía de forma un poquito extraña: usaba una gabardina como las que usan los detectives en esas viejas películas en blanco y negro que a veces pasan por televisión, que ocultaba su cuerpo.

 

—Por favor, dígame en que puedo ayudarla — volvió a preguntar él, comenzando a sentirse nervioso.

 

La respuesta de ella fue ensanchar su sonrisa, abrirse la gabardina y dejarla caer al suelo. Christian abrió sus ojos como platos, recorriendo con ellos el cuerpo de Dita, incapaz de dejar de ver. Lo que Dita le mostraba era un delicioso inverso de sus shows. Mientras que, al final de sus shows, Dita terminaba vistiendo nada más que la tanga más diminuta que pueda imaginarse y un par pezoneras, en esos momentos vestía un conjunto de guantes que cubrían casi la totalidad de sus brazos, corsé y medias altas con ligueros, todos estos hechos de delicados y sensuales encajes de color lavanda, que dejaba expuestos sus gloriosos pechos, su sexo y su culo. Para rematar, calzaba unos zapatos de charol negro con unos tacones vertiginosos.

 

Después de darse una vuelta lenta y sexy para el disfrute de Christian, Dita habló:

—Necesito alguien con quien follar.

 

Y se abalanzó sobre él como una fiera hambrienta, besándolo con pasión y rodeándolo con sus brazos. Christian al principio estaba paralizado, con sus ojos todavía abiertos como platos, pero pronto reaccionó instintivamente, cerrando sus ojos poco a poco y devolviéndole el gesto a Dita, rodeándola con sus brazos y besándola. Cuando ella empujó su lengua a través de los labios de él, él le chupó la lengua con auténtica hambre. Las manos de Dita bajaron, buscando las redonditas nalgas de Christian, y disfrutaron del tacto de estas.

 

Cuando finalmente rompieron el beso, él se abrazó a ella, suspirando con fuerza, hundiendo su rostro en el cuello de Dita mientras ella le acariciaba la espalda.

 

—Oh, Christian. ¡Besas tan bien! — exclamó ella con voz sensual. Y no mentía: realmente le había gustado ese beso.

 

Ella atrajo el rostro de Christian a sus pechos. Él, instintivamente, se aferró a uno de los pezones de Dita y empezó a chupar como un bebé lactante. Ella llevó las manos de él a su trasero y dejó que se lo apretara con suavidad y, sonriendo ya que disfrutaba de las sensaciones que le provocaba, lo dejó en esa posición varios minutos. Cuando pensó que había pasado suficiente tiempo, ella habló:

—Llévame al cuarto de tu madre.

 

Él saltó al escuchar esto y preguntó un tanto alarmado:

—¿Para qué?

 

Ella sólo sonrió y replicó con una voz baja, profunda y sensual:

—Ya vas a saberlo…

 

Christian, moviéndose como un autómata y visiblemente nervioso, la tomó de la mano y la condujo al cuarto de su madre. Una vez dentro, él empezó a preguntar:

—¿Y ahora qué…

 

Pero no pudo terminar su preguntar. Ella, de nuevo portándose como una fiera sexual, lo arrojó con violencia en la cama de Chelsea. Lo puso boca arriba y empezó a abrir su pantalón e introducir sus manos buscando el sexo del niño. Tras recuperarse del shock inicial, Christian protestó, mientras se ponía rojo como un tomate:

—¡No hagas eso! ¡No se supone que deje que los extraños me toquen!

—Los novios y las novias pueden tocarse entre sí, ¿o no? — dijo ella con su sensual voz, mientras una mano suya dejaba de buscar dentro de sus calzoncillos y se ponía a acariciar el interior de sus muslos.

—Sí, eso creo, pero no eres mi novia.

—¿Por qué no? ¿Ya tienes novia? — lo provocó Dita con un mohín y frunciendo el ceño teatralmente, como si existiese alguna posibilidad de que el hijo de 11 años de una arpía comebiblias fuese un donjuán.

—¡No! — contestó él demasiado deprisa y con demasiado énfasis, sonrojándose todavía más.

—Entonces… ¿puedo ser tu novia? — le preguntó Dita cambiando el mohín y el ceño fruncido por una de sus sonrisas.

—Umm… ejem… — se atragantó Christian, sonrojado y sudando copiosamente — …supongo que sí.

 

Dita, todavía sonriendo, empezó a bajarles, con una sola mano, los pantalones y los calzoncillos a Christian.

 

—¡Espera! ¡¿Qué estás haciendo?! — casi gritó él con un poco de pánico en la voz.

—Los novios y las novias se hacen sentir bien los unos a los otros… — respondió ella con un susurro sensual.

—¿Eso es lo que están haciendo? ¿No me vas a hacer daño? — preguntó confundido y, sin saberlo, esperanzado.

 

Ella después de soltar una risita, respondió alegremente:

—¡No, tontín, claro que no! ¡Eres mi novio! — y, de golpe, terminó de bajar los pantalones y los calzoncillos de Christian hasta la mitad de sus muslos.

 

Y esta vez fue el turno de Dita de quedar boquiabierta y abrir los ojos como platos ante lo que saltó frente a su rostro como un resorte. Christian tenía el mejor pene que había visto en su vida (y eso que ella era toda una experta en hombres): el más grande, el más grueso, tan duro como el acero, cubierto de venas que le daban un aspecto imponente y sin uno solo de esos desagradables vellos púbicos. Ella empezó a reír con incredulidad. Era verdaderamente caricaturesco que una polla tan intimidante estuviese unida a un niño de 11 años de apariencia tan dulce, femenina e inofensiva. Su venganza iba a ser mucho más divertida de lo que había imaginado.

 

Sin dar a Christian tiempo siquiera para pensar que era lo que significaba su risa, empezó a trabajarse su polla usando su boca. Primero dio unas cuantas chupadas, probando si podía meterse esa polla monstruosa. Al principio no pudo y ella empezó a preocuparse. Pero después se acostumbró a su excepcional tamaño. ¡Dita nunca debió haber dudado de sí misma!: ¡Después de todo, era toda una experta en felaciones! Después, sin ninguna delicadeza, cubrió al pene y las bolas del niño con intensos besos, mordiscos, lamidas y chupadas. Como Dita, antes de venir, se había maquillado con un labial de color rojo intenso, los genitales de Christian quedaron llenos de manchas rojas, algo que la hacía sentir orgullosa. Finalmente, Dita se dejó de tonterías y simplemente se metió la polla del niño hasta el fondo y se puso a succionarla como si fuese una aspiradora industrial. Su semental de 11 años, por su parte, no podía creer que tanto placer fuese posible. Después de varios minutos haciendo esto, Dita tuvo que reaccionar con incredulidad: había usado lo mejor de su deparada técnica oral con Christian, ya se estaba cansando, ¡y no parecía que el niño estuviese siquiera cerca de correrse! ¡Esto nunca le había pasado antes!

 

Christian nunca sabría de donde vino el impulso para hacer lo que haría a continuación. De repente, agarró con fuerza las ondulaciones del cabello de Dita y, moviendo simultáneamente sus caderas, procedió a follarse con violencia la boca de la artista del burlesque. Dita, sorprendida, tuvo que terminar la sesión de sexo, jadeando y con arcadas. Christian, un poco horrorizado por lo que acababa de hacer, volvió a verla temiendo que lo castigase por lo que acababa de hacerle. Pero ella, cuando por fin pudo respirar con normalidad, dijo riendo:

—De acuerdo… — jadeó un poco más — …eso fue divertido. ¿Qué tal si probamos algo más?

 

Dita se puso en cuatro patas en la cama de Chelsea y procedió a darle al hijo de ella las instrucciones de lo siguiente que quería que hicieran. Él, nervioso y sonrojado, se puso de rodillas detrás de ella, puso una mano en cada una de las redondas y perfectas nalgas de Dita y, agarrándolas con fuerza y separándolas, hundió su polla por el ano de ella.

 

Dita sabía que esto ponía en riesgo su venganza, pero ella pensó que no era correcto desaprovechar una polla tan buena como esta. Siempre había apreciado más el sexo anal que el sexo vaginal y quería ver si esta polla podía más que su culo.

 

Christian empezó moviéndose con lentitud, porque, de nuevo, Dita necesitaba de un poco de tiempo para que su ano se adaptara a su colosal verga; pero pronto, animado por Dita, empezó a hundir y sacar su miembro por el culo de la diosa del burlesque con una violencia casi animal. Él jadeaba con fuerza, arrugando su rostro por las sensaciones que experimentaba, mientras Dita suspiraba y ronroneaba como una gatita en celo. Ella empezó a mover sus caderas tal como lo hace en sus shows, aumentando el placer que ambos sentían. Él chico no sabía lo privilegiado que era al habérsele permitido follarse el culo de Dita Von Teese; sólo sabía que este placer era tan exquisito como el que le había dado la boca de su bella vecina. Pronto esta volvería a ser sorprendida, ya que, después de varios minutos de sexo violento e intenso, Dita tuvo que gritar por la explosión de su orgasmo, desplomándose en la cama, la polla de Christian saliendo de su cuerpo. ¡Esto tampoco había sucedido nunca antes!: ¡ninguna polla había podido con su culo!

 

Cuando se recuperó de su orgasmo, ella, con una mezcla de enojo y diversión decidió que ya estaba harta: si ni su boca ni su culo habían podido con la polla de Christian, ¡entonces sus tetas harían el trabajo!

 

Ella rodó en la cama hasta ponerse boca arriba y se agarró las tetas, separándolas para él. Dita le dijo a Christian lo que tenía que hacer y él obedeció. Él se sentó sobre ella, poniendo su pollota entre sus melones, que, entonces, usó para envolverla.

 

Con las tetas de Dita rodeando su polla, Christian comenzó a moverse hacia adelante y hacia atrás, gimiendo y sonriendo por lo bien que se sentía eso, sus bolas frotándose contra la barriguita de Dita mientras se follaba su busto. Cada vez que la polla de Christian se movía hacia adelante, Dita le daba una lamidita en la punta.

 

Él empezó a moverse cada vez más rápido, lo cual le gustó a Dita, quien también amaba que le follaran sus tetas bien folladas.

 

Después de varios minutos haciendo esto, Dita tenía que estar impresionada: ¡¿realmente era posible que este niño de 11 años fuese el mejor amante que hubiese conocido en su vida?! ¡¿ES QUE NO HABÍA FORMA DE HACER QUE SE CORRIERA?!

 

Apenas había terminado de pensar esto, cuando Christian finalmente explotó. Con un gruñido, un chorro tras otro de semen empezó a salir de su polla, cubriendo las tetas de Dita con una gruesa capa de blanca y espesa lechita. Ella dejó salir una breve carcajada, en parte por la felicidad que le provocó el finalmente haberle provocado un orgasmo a su semental de 11 años, y en parte porque también disfrutaba de la sensación de tener una buena cantidad de paja untada en sus ubres.

 

Un soñoliento Christian se derrumbó en la cama a su lado. Dita rodó hasta quedar apoyada sobre uno de sus costados, viéndolo a los ojos. Mirándolo de forma apasionada y sonriendo con elegancia, ella, muy lenta y sensualmente, se retiró uno de sus guantes con los dientes. Después de hacer esto, usó uno de sus dedos, decorado con una larga uña postiza del mismo color rojo intenso que su lápiz labial, para recoger el semen que cubría sus pechos y chuparlo. Mientras se lamía el dedo, hacía toda clase de ruidos obscenos que daban a entender que era la cosa más deliciosa que había saboreado en su vida. Viendo este espectáculo celestial, Christian finalmente se durmió.

 

Cuando su joven amante quedó dormido, Dita se levantó, buscó su gabardina, se la puso y salió del apartamento con una sonrisa de oreja a oreja decorando su rostro. A medio camino entre su apartamento y el de Christian, ella se detuvo de repente, su sonrisa ida. Había estado tan concentrada en gozar de esa virgen pollota que se había olvidado totalmente de su venganza. Tal vez encontrar a su hijo recién desvirgado en su cama habría funcionado también como venganza, pero, considerando la cantidad de tiempo que ella se ausentaba los domingos, era muy probable que el pequeño Christian se levantase y limpiase todas las evidencias de lo ocurrido antes que ella volviera.

 

Pero, al poco tiempo, la sonrisa volvió al rostro de Dita. Irse a la cama con Christian fue mucho más divertido de lo que había esperado. Ella bien podría vengarse Y disfrutar de su semental de sólo 11 años al mismo tiempo y por un largo rato.

 

Todavía sonriendo, Dita se metió en su apartamento.

 

*******

 

Era el último gran escándalo circulando en todos los medios dedicados a las noticias del espectáculo: Dita Von Teese, la más grande artista del burlesque del mundo entero, estaba embarazada y nadie tenía le menor idea de quién era el padre de su bebé.

 

Chelsea, vecina de Dita, aprovechó esto para hacer campaña entre sus vecinos y la administración del complejo de apartamentos, diciendo que había que librarse de la influencia corruptora de una vulgar mujerzuela que probablemente ni siquiera sabía quién era el padre de su hijo.

 

Cuando hizo esto, Dita pasó una carta por debajo de la puerta de Chelsea. En esta, Chelsea leyó:

 

Querida Chelsea:

 

Al contrario de lo que andas afirmando por ahí, sé perfectamente quien es el padre de mi bebé. A propósito, felicidades, vas a ser abuela.

 

Con mucho cariño,

 

Tu nuera.

 

Chelsea nunca más volvió a decir nada malo de Dita.

 

FIN

 

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END